
Hasta aquí todo bien. Pero supongamos que jugás, digamos de apertura, y en el line-out el saltador contrario le cachetea la pelota al grandote de tu equipo, y se te viene encima con claros deseos de tratarte como si fueras una alfombra. Creo que acá empiezan a pesar las diferencias. ¿Qué se te pasa por la cabeza? ¿Quién me habrá mandado a estar aquí? ¿Porqué no tropezará y se caerá? ¿No pensarás por un segundo qué se te dio por jugar a este deporte, donde un tipo de setenta kilos y un metro setenta de altura, tiene que bajar a otro de un metro noventa y cien kilos, que se viene bufando como un toro, con inequívocas intenciones de dejarte hecho un ñoqui? Y lo que es peor: sólo podés frenarlo arrojándote a sus piernas.
Es probable que pienses "por qué no me habré quedado en casa…", o hagas de 'tripas corazón' y te dispongas a frenarlo, con algo que es una institución en este deporte: el tackle.
No hay en el rugby otra forma de parar un ataque del contrario, que zambulléndose a las piernas del atacante.
La regla dice que "tacklear es inmovilizar a un jugador de tal manera que éste, la pelota, o ambos entren rápidamente en contacto con el suelo".
Este desafío a las leyes de la autoconservación es uno de los bastiones de este deporte.
Y convengamos que más de un espectador desprevenido y desapasionado pueda pensar, con justicia, que los que lo practican están un poco locos, o tienen una gran dosis de masoquismo.
Y para colmo de males, las canchas de verde y tierra gramilla sólo las vemos en los partidos internacionales, en algunos partidos de primera y en el cine.
Por lo general, el pasto dista mucho de ser un mullido colchón. Más bien, muchas veces las canchas, sobre todo aquellas en las que juegan las inferiores, se asemejan a un paisaje lunar: llenas de crostones y cráteres de barro seco.
Es decir que si la sacás barata con el tackle, te queda el beneficio secundario de que, si el rival te arrastra o se te cae encima, se te levanta la piel de los codos, rodillas o cuantas partes más o menos puntiagudas tengas en el esqueleto.
Pero es en el tackle donde se hace presente una de las características imprescindibles para jugar a este deporte: el coraje.
De lo contrario, sería imposible ver cómo tipos se arrojan como "kamikazes" a los tobillos de otros, dándole a este deporte esa mezcla de habilidad y violencia que lo caracteriza.
Debe ser la única actividad humana donde, si se te viene encima una locomotora, en lugar de zambullirte a un lado, te quedás en su camino esperando el encontronazo.
En un equipo son necesarios los rápidos y habilidosos. Pero qué importantes son esos "perros de presa", que no se aminalan por nada, se la pasan bajando contrarios, y a veces salen de la cancha hechos un estropicio, pero sonriendo. Y algún "outsider" se preguntará de qué se ríen. No se preocupe, ellos lo saben. Como saben también cuánto de verdad tiene en este deporte,
el famoso dicho "sarna con gusto no pica".
Hernán G. Rouco Oliva
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